podría asegurar que Federico Valencia Montoya tenga sus orígenes familiares más re- motos en el pueblo de Tláhuac, el antiguo reino nahua que durante la Conquista mostró su amor por los españoles y en la época de la Revolución se hizo de pasiones zapatistas, pero sus 83 kilóme- tros cuadrados son el mundo inmediato para él. Ahí vive, exactamente en la colonia Del Mar, a un ladito de donde los martillazos indican que se construye la Línea 12 del Metro. Así que sólo camina unas cuantas cuadras para llegar a su trabajo, al plantel José María Morelos y Pavón de las preparatorias que dependen del gobierno del DF. Afortunadamente, y ahora verán por qué, Fe- derico no tiene esposa e hijos, pero el salario que recibe no lo saca de ningún apuro. A estas alturas del partido no pone muchas objeciones porque a sus 55 años de edad la expectativa laboral no es demasiado grata para él. Así que a las siete de la mañana, de lunes a viernes, llega puntual a la prepa, alista las cube- tas, las jergas y las escobas. Y se lanza a trabajar en algo que realidad no le desagrada. Lo malo para Federico es la paga. Porque du- rante las siete horas de su turno se dedica a lim- piar salones, pulir pisos, trapear patios, limpiar ventanas, podar arbustos y regar jardines, repa- rar mobiliario y un largo etcétera. Y por cada 60 minutos de ese trajín sólo gana 9 pesos con 42 centavos. En total, 66 pesos al día. No tiene vacaciones pagadas, ni aguinaldo, ni aporta al Infonavit, ni lo ampara el IMSS, ni dis- fruta de reparto de utilidades. Ni siquiera tiene seguro el empleo porque en cuanto acabe su con- trato, ciao, adiós, hasta luego, que te vaya bien. Aunque no lo dice así, Federico Valencia Mon- taño, mexicano de 55 años, flaco, con una cabe- llera blanca, anteojos metálicos, rostro circular y pocas esperanzas de mejorar en el último tramo de vida, es un hombre aplastado por el outsourcing. Outsourcing. Esa palabreja extranjera, tan de moda en los departamentos de recursos humanos de las empresas, define un modelo de contrata- ción que no sólo aprieta a Federico, sino a unos 4 millones de mexicanos que trabajan en condicio- nes de casi total precariedad. También se le llama “tercerización” y, en po- cas palabras, es un modelo laboral mediante el cual una empresa contrata a otra para que ésta la abastezca de personal sin tener que ocuparse de su salario, prestaciones o seguridad social, por- que de todo eso se encarga la contratista. Este modelo tiene sus ventajas, de acuerdo con quienes lo defienden. Los costos de operación de una empresa se pueden reducir hasta 40 por ciento con la subcontratación, según cálculos del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados. No por nada el mercado de las compañías de outsourcing ha crecido en México, donde está valuado en 700 millones de dólares, indica el estudio. Aunque la ley obliga a las empresas contratistas y a las beneficiarias a asegurarse de que los derechos de los trabaja- dores sean respetados, en la práctica la tercerización se uti- liza para evadir obligaciones fiscales y patronales a costa de los empleados. “Es un modelo nefasto, ilegal, burla los derechos de los trabajadores, convierte al trabajo en una mercancía”, descri- be el secretario del Trabajo y Fomento al Empleo del gobier- no del Distrito Federal, Benito Mirón Lince. “No tiene razón de ser. ¿Por qué alguien tendría que cobrar por conseguirte trabajo?”. Esther odia el fin de año, más bien le tiene pavor. No es que la nostalgia haga estragos ni que le atemorice el paso del tiem- po. Lo que ocurre es que cada 31 de diciembre puede perder su empleo. El último día del 2011 su miedo tomó forma. La empresa para la que trabajaba, Eliabra Servicios Inmobiliarios, le en- tregó un documento titulado “Renuncia voluntaria”. –Yo no quiero renunciar —dijo Esther, y por primera vez se atrevía a desafiar a uno de los representantes de su patrón. —Si no firmas, no podremos darte tu quincena —contestó él sin más explicaciones. Esther —quien no se llama así, pero pide que en el texto se le mencione con ese nombre por temor a represalias— notó algo raro en el documento. La empresa había registrado sus ocho años de servicio como trabajadora de limpieza, no obs- tante recibiría sólo 500 pesos de liquidación. Así que cuestio- nó esta disparidad con el representante, ya exasperado. —Sí, has trabajado muchos años aquí, pero sólo has traba- jado un año para nosotros. La liquidación es por un año. Esther leyó el acuerdo de su “Renuncia voluntaria” una y otra vez; después de un rato, resignada a no entender su con- tenido, lo firmó. —Me vi mensa firmando la liquidación —dice la mujer con la mirada clavada en el piso—, pero no podía quedarme sin sueldo en fin de año. Desde 2003, Esther es trabajadora de limpieza en la prepa- ratoria Belisario Domínguez del gobierno del Distrito Federal, que administrativamente depende del Instituto de Educación Media Superior del DF. El IEMS tiene un método peculiar para resolver las nece- sidades de limpieza en sus 18 planteles. Desde su fundación ha contratado a empresas outsourcing, a las que les paga 16 mi- llones de pesos en promedio para que contraten y administren al personal de limpieza y mantenimiento de los planteles de preparatoria durante 10 meses. Al concluir ese plazo, el IEMS contrata a la misma em- presa o a otra para los siguientes 10 meses. Entonces Esther y otros 349 trabajadores pueden ser reemplazados cada año si la empresa lo decide. Si tienen suerte, son recontratados como empleados nue- vos y temporales, por lo que no acumulan antigüedad ni tie- nen derecho a prestaciones. Esther gana 66 pesos diarios por trabajar de lunes a sábado. Ni un peso más. “Yo me he quejado con todos: la empresa, el gobierno, el IEMS, pero siempre nos dicen que no se puede hacer nada”. Ya no quiere quejarse. Hace unos días le advirtieron que si seguía “molestando”, la cambiarían de plantel. En el lenguaje