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Noble Lee

tobiasenwilladsen8

‘Emoji: La película’ descubre los secretos jamás ya antes vistos del mundo interior de tu móvil. Oculta tras la aplicación de mensajes de texto, Textópolis, es una ciudad bulliciosa en la que conviven todos tus emoticonos preferidos, a la espera de ser seleccionados por el usuario del teléfono. Se trata de un mundo en el que cada emoji tiene una sola expresión facial, salvo en el caso de Gene, un entusiasta emoji que nació sin filtro alguno y tiene distintas expresiones. Presto a ser normal como todos los demás, Gene solicita ayuda a su mejor amigo Choca esos cinco y el descifrador de códigos de mala fama, Rebelde. Juntos, se embarcarán en una épica aplicación-ventura paseándose por todas y cada una de las apps del teléfono, cada una en su contexto alocado y ameno, para dar con el código que reparará a Gene. Pero cuando brota una amenaza inopinada que pondrá en peligro al teléfono, el destino de todos y cada uno de los emojis va a depender de estos tres amigos que harán todo lo que resulta posible por salvar el mundo antes de que sea eliminado por siempre.


¿Una película sobre la vida interior de los habitantes de la pantalla de nuestro móvil en la que se alinean los emoticonos? Parece idiota y tal vez lo sea, pero incluso los proyectos más leves, impostados, inocuos y descaradamente inspirados en otros precedentes con más trascendencia llevan colgada de su pura existencia una razón de ser. mega Y en Emoji: la película prácticamente se alcanza la categoría de contubernio.

En su base argumental y de personajes, Emoji prosigue tirando de la esencia y del hilo narrativo de Toy story ―la vida en soledad de los juguetes― o Al revés ―la individualidad de los sentimientos en nuestro cerebro―, para terminar abrazando una inocente reflexión sobre la imposibilidad de expresar nuestro estado interior a través de una sola contestación en forma de símbolo gráfico. No obstante, desperdicia la posibilidad de indagar en algo mucho más interesante, que se apunta en el inicio del relato y luego se olvida: la rebelión del héroe ―en este caso, el emoji del Bah―, condenado a interpretar siempre lo que se espera de él como término, sin poderse salir ni un milímetro del carril marcado en una sociedad donde cada cual tiene asignado desde su creación un papel único que jugar.

Visualmente fea y poco creativa, aunque con puntuales hallazgos cómicos (la carita sonriente, jefe de la comunidad, como alcohólica del listerine), y un toque político en la versión doblada (no semeja casual que los padres de Bah sean cubanos a los que todo parece darles igual), Emoji adolece asimismo del descontrol absoluto del payaso de la función, la manita símbolo del Choca-esos-cinco, que, enferma del síndrome de Jar Jar Binks, se convierte en un insoportable pelmazo más que en un contrapunto cómico.

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